“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos” Y es que son estas casualidades las que me elevan sobre los demás, como si fuese una recompensa. Hay acciones que están bajo el manto del destino y las reconocemos; sin embargo, cada vez que experimentamos una casualidad es como si fuera una acción externa a nosotros, pero que a la vez tiene relación profunda con lo que deseamos y anhelamos desde el fondo de nuestra mente.
La pregunta que estremece o, más bien, la que tienta a sentir apego y vértigo a estas casualidades es: ¿Y qué tal si no hubiese sucedido así? ¿Qué, si hubiese tomado la otra calle? ¿Qué, si no me hubiese atrasado y no haya tenido que esperar dos minutos más en esa precisa esquina? ¿Qué, si no hubiese…? Las imágenes como respuesta a estas preguntas son devastadoras. Me obligan a sentir el deseo de aprisionar las casualidades: encadenarlas o incrustarlas en los orificios de los pulmones que no me dejan respirar sólo de pensar que pudo ser diferente, rutinaria, planificadamente.
Las casualidades son el mensaje que debemos descifrar; entender qué es lo verdaderamente significante, no sólo por todo el peso placentero que estas traen consigo sino por la forma espontánea con la que recordamos que se puede estar mejor, que se puede conseguir –no en sentido material- algo palpitantemente mejor.
¿Y qué tal si ese día no hubiese pasado? la verdad es que si, realmente la casualidad esta llena de encantos... y más aún cuando empiezas a imaginar y pasan por tu mente mil imágenes que te hacen pensar en las mil posiblidades de una acción, de un momento... Existen veces que lo que te hace feliz es vivir un momento, un minuto casual pero que llena tu vida, una casualidad que por el simple hecho de existir te hace sentir bien!
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